Asegura un cubano que Dong Hoi es su bendición

lunes, 30 de enero de 2017 - 19:00:00

Por José Llamos Camejo (exclusivo para La Voz de Vietnam)

 

Jura que Dong Hoi lo persigue como una bendición eternizada en lo hondo de su recuerdo, “será porque en ese lugar nací por segunda vez”, sugiere Enrique Blanco Solís con una amplia sonrisa, la única que emitió a lo largo de su emotiva conversación con nosotros.

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En la sala de su hogar, Enrique Blanco mostró una de las reliquias que guarda como recuerdo de su estancia en Vietnam.

Estuvo a punto de morir en esa localidad vietnamita; “allá fui a construir, no a buscar la muerte, mas, el peligro era grande y la tuve muy cerca”, confiesa el cubano; su gesto enfático, la mirada expresiva y el tono vibrante de sus palabras, le ayudan a reconstruir el paisaje, las emociones, el dolor y el orgullo vivido durante aquellas recias, intensas y hermanadoras jornadas.

Siete meses antes de la mañana fatídica, había llegado a Quang Binh después de surcar continentes y océanos durante casi setenta y dos horas que a él le parecieron interminables, “es el viaje más largo del mundo; hicimos escalas en Lisboa, Moscú, Nueva Delhi y Hanói,  luego viajamos por carretera hasta el destino final: Dong Hoi”.

Pese a las circunstancias,  comenta, “yo iba seguro, decidido y hasta orgulloso; al fin tendría la oportunidad de hacer algo concreto por Vietnam, era el momento de saldar una deuda con los hijos de un pueblo heroico que, como dijera Fidel, con su lucha había servido también a la causa de la independencia de los demás pueblos del mundo; yo acudí como electricista de mantenimiento, que es mi especialidad, pero fui decidido a empalmar un cable y a empuñar un martillo o un fusil, si era necesario”.

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Diploma firmado por el primer ministro vietnamita Pham Van Dong, otro de los reconocimientos entregados a Enrique en la patria anamita.

La responsabilidad era doble, razona el entrevistado, y cita a Fidel: “Cuba contribuirá con la construcción del hospital de Dong Hoi. Vendrán cubanos a trabajar y estoy seguro de que harán su mayor esfuerzo, como reconocimiento a los méritos, al patriotismo y al heroísmo de ustedes”, había prometido el líder durante su discurso en Quang Binh el 16 de septiembre de 1973.  En Enrique y sus compañeros recayó la tarea de cumplir la promesa del comandante. Por otro lado, “éramos constructores integrados en la brigada Nguyen Viet Xuan, que a su vez formaba parte del contingente Ho Chi Minh, y sentíamos el deber de esforzarnos al máximo para hacerle honor a esos nombres gloriosos”.

A LA PUERTA DE UN “PAISAJE LUNAR”                                                                                                                               
Al aproximarse a Quang Binh tuvo la impresión de que se acercaba a un desierto, “en todas partes veíamos huecos enormes abiertos por las bombas; habían tanques, camiones, piezas de artillería, armas abandonadas por los gringos y los títeres de Saigón en su retirada; luego vi algo parecido en Las cortinas de MacNamara, donde los vietnamitas dieron prueba de su coraje, y los agresores mostraron su cobardía”.

“Fuera de eso había solo campos de arroz y gente que trabajaba; en el área destinada para construir el hospital encontramos únicamente la ruina de un tanque metálico grande, que anteriormente tal vez sirvió como depósito de agua potable; una bomba lo había destruido, allí no había nada más”.

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El difunto líder cubano, Fidel Castro, visitó el pueblo de Dong Ha, a 100 km de Dong Hoi, en su primera estadía en Vietnam en 1973

Describe semejante desolación con la voz entrecortada, y no logro precisar si es de tristeza, rabia o dolor; pero esa oleada de sentimientos que llegan en cada palabra suya, me traen de vuelta la impresión que diera Fidel de aquel sitio: “allí no quedó en pie una sola vivienda, un solo edificio, una sola construcción, una sola escuela, un solo hospital”.

“¡Qué valor!”, exclama el entrevistado, invocando a los vietnamitas;  “una cosa es oír hablar de su temple, y otra es palparlo de cerca”. Su relato vuelve a transitar por los arrozales sembrados también de explosivos, un riesgo mortal para los productores, que no vacilaban para enfrentarlo; es el mismo cuadro que denunció el Comandante aquel 16 de septiembre: “millones de esas minas fueron regadas por los campos de Viet Nam. Y la población, que tiene que trabajar para vivir, para alimentarse, tiene que realizar su tarea bajo el constante peligro de las minas... todavía casi diariamente mueren vietnamitas y derraman su sangre…”

Al hombre a quien tengo en frente en la sala de su casa, en una zona perimetral de la ciudad de Guantánamo, todavía lo conmueven aquellos seres tan jóvenes, muchos de ellos casi adolescentes; “no conocían el miedo, no dejaban de cultivar el arroz aunque sabían que otros habían perdido un brazo, una pierna, y hasta la vida en aquellos campos minados”.

Cuenta que algunos petardos llegaron hasta los constructores cubanos, entre la arena traída por los camiones para la mezcla, “a veces estallaban en el interior de las mezcladoras, inutilizaron varias de ellas; ¿te imaginas con qué sobresalto vivíamos?  Pero nosotros tampoco claudicamos, extremábamos las precauciones y trabajábamos hasta 10 horas diarias, de lunes a viernes, media jornada los sábados, y a veces algunos domingos; la construcción del hospital no podía detenerse”.

CUANDO EL CRIMEN DEVORÓ A LA INOCENCIA.                                                                                                         
La fecha exacta y la hora de la tragedia se disolvieron en la memoria;  Enrique sólo recuerda que ocurrió un sábado a media mañana. No había más acústica que los sonidos típicos del ajetreo constructivo en el interior y los alrededores del naciente hospital; los serruchos gruñían sobre la madera, los martillos repiqueteaban y una lámina enorme hacía refunfuñar a la grúa que tiraba de ella, mientras los vagones iban y venían entre andamios y gigantes metálicos.

Más allá de la obra, transcurría una jornada apacible; “yo no imaginé que tuviera que recordar ese día como uno de los más tristes de mi existencia”, acota Blanco Solís. Nadie supuso que la muerte estuviera emboscada tan cerca, nadie la presintió; pero allí estaba ella, irónica, implacable, burlona; estaba allí agazapada frente al pórtico de un una institución que nacía para convertirse en un canto a la esperanza y la vida.  

Inmersos en la faena, ajenos a lo que estaba a punto de suceder, los constructores sudaban. De repente… “sentimos una explosión espantosa”; de inmediato sobrevino la carrera desesperada de Enrique y sus compañeros, prestos a auxiliar al infortunado: casi seguro un joven, un hombre o una mujer, pensaron los constructores.

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Lo que queda del sistema defensivo McNamara, de 2 mil millones de dólares, compuesto por 17 bases militares, barreras y dispositivos de reconocimiento electrónico terrestre...

Y cuando llegaron al sitio, “¡qué dolor!, ¡que impotencia!, ¡qué horror!”.  Esta vez eran otras las víctimas del pérfido ingenio made in USA; “allí estaban, destrozados y cubiertos de sangre, dos cuerpos diminutos; ninguno tenía más de ocho años, más o menos la edad de mi par de hijitos que me esperaban en Cuba, y a los que tanto extrañaba; pensé en ellos y... de veras, no me gusta hablar de eso, me hace daño…”. (Hace una pausa, se levanta, camina, luego regresa), y antes de escuchar mi siguiente pregunta, aclara que uno de los niños asesinados confundió una mina antipersonal con una piedra, la tomó, y al golpear con ella sobre una almendra para extraer la semilla, sobrevino el desastre.

Dos seres indefensos, borrados del mundo, cuando apenas empezaban a conocerlo; dos almas privadas del derecho a vivir, a sonreír, a soñar; dos inocencias cegadas en flor engrosaban las estadísticas que aún siguen creciendo. Desde el final de la guerra (en 1975) hasta hoy, los vietnamitas muertos pasan de 40 mil, y más de 60 mil mutilados, fruto de las 800 mil toneladas de explosivos sin detonar, que los yanquis dejaron en la nación indochina. Se dice que para eliminar esos artefactos harán falta cien años y decenas de miles de millones de dólares; el mundo debiera exigirle con total determinación a los autores del crimen, para que asuman su responsabilidad, y con ella el costo del desminado.

EL “PARTO” DE LA SUERTE, EL FIASCO DE LA MUERTE                                                                                          

Acostumbrado desde muy joven al rigor de su oficio, mi interlocutor lleva la bondad estampada en la geografía irregular de las manos; unas manos que, de tantos rasguños y cicatrices, parecen cordilleras en miniatura. Y sin embargo, esas manos que en Vietnam se hicieron merecedoras, las mismas que más tarde ayudarían a levantar edificios en la Siberia rusa y empuñarían un AKM en Angola, fueron el blanco de una celada mortal. La muerte no sabe de gratitud ni merecimientos.

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El Hospital de Amistad Vietnam-Cuba Dong Hoi se ha modernizado para brindar mejores servicios médicos a sus pacientes

Todavía la mañana era joven cuando, asistido por un ayudante vietnamita, Enrique se dispuso a subsanar el problema eléctrico en un güinche que trasladaba los cargadores desde el piso hasta lo alto del edificio. El cubano revisó un polo del cable, luego repitió la operación con el otro, y al tomar simultáneamente ambos polos, “ahí recibí una descarga de 440 voltios. Percibí una sensación muy extraña; el brazo se me fue entumeciendo y al mismo tiempo sentía que mi cuerpo se iba haciendo gigante, todo ocurrió muy rápido”.

“La corriente me proyectó violentamente contra una pared de cartón que quedaba cerca, la partí con el cuerpo; se armó un gran corre, corre. De inmediato me llevaron al médico que me tomó la presión arterial y realizó otros exámenes; por suerte, no hubo males mayores, libré de milagro; allí mismo interrumpí la jornada del día, más tarde busqué al almacenero, le pedí que me adelantara la botella de ron perteneciente a mi cuota del mes, me senté bajo un pino a la orilla de un arroyuelo, y celebré mi segundo nacimiento”.

Reitera que su labor en Vietnam resultó inolvidable, “durante 18 meses contribuí cuanto pude para levantar el hospital Amistad Vietnam-Cuba”. La institución quedó inaugurada en septiembre de 1981; entonces el guantanamero había regresado a su patria; la noticia le confirmó la coronación de un sueño que él ayudó a edificar en “un país hermosísimo al que quisiera volver, saludar a los amigos y visitar una obra que tanto me  enorgullece. Allá recibí el afecto especial de los vietnamitas”, dice, y es evidente que los admira, que los extraña; a Enrique Blanco Solís siempre lo acompañará la bendición de Dong Hoi.

 

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JUAN D. - 08/02/2017 00:40

Dong Hoi es un símbolo del imperialismo, que lanza bombas, gases y destruye, y del socialismo, que construye hospitales para la población. Vietnam y Cuba eternamente hermanadas.

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