Este proceso se desarrolla en un contexto especialmente complejo, en un contexto de desafíos estructurales y transformaciones profundas que ponen a prueba a la mayor organización multilateral del planeta.

El nuevo secretario general asumirá sus funciones el 1 de enero de 2027, sucediendo al portugués António Guterres, quien ha ejercido el cargo durante casi una década, desde 2017.

Cuatro candidatos en contienda

El proceso de nominación se inició el 25 de noviembre del año pasado, cuando Sierra Leona, país que asume la presidencia del Consejo de Seguridad, y Annalena Baerbock, presidenta de la Asamblea General en su 80.º período de sesiones, invitaron formalmente a los 193 Estados miembros a presentar candidaturas.

La fase de propuestas concluyó el 1 de abril de este año, con cuatro aspirantes en contienda: Michelle Bachelet, expresidenta de Chile; Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), de nacionalidad argentina; Rebeca Grynspan, secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), de Costa Rica; y Macky Sall, expresidente de Senegal.

De acuerdo con la regla no escrita de rotación regional, el cargo para el nuevo mandato correspondería en esta ocasión a América Latina, lo que otorga cierta ventaja a Bachelet, Grossi y Grynspan frente al aspirante africano Sall. No obstante, los analistas advierten que los cambios geopolíticos recientes han erosionado esta práctica tradicional. La elección de Guterres en 2016, cuando teóricamente correspondía el turno a Europa del Este, constituye un precedente ilustrativo.

Más allá de estas consideraciones, el factor determinante radica en el contexto actual, con una ONU enfrentada a profundas divisiones internas, limitaciones en su capacidad de actuación en materia de paz y seguridad, crecientes demandas de reforma institucional y persistentes dificultades financieras. Todo ello introduce nuevas variables que pueden redefinir los criterios de la elección.

En este sentido, la organización multilateral ha intentado dotar de mayor transparencia al proceso. Las audiencias, transmitidas en directo, permiten a los Estados miembros y a la opinión pública global conocer las propuestas de los candidatos e interpelarlos directamente.

Baerbock enfatizó: “El próximo secretario general deberá conjugar un liderazgo sólido, compromiso y eficacia, junto con una probada experiencia en gestión y una clara vocación reformista”.

Asimismo, cobra fuerza otro elemento novedoso: el llamado a que, tras más de ocho décadas y nueve secretarios generales hombres, la ONU designe por primera vez a una mujer, en consonancia con la centralidad de la igualdad de género en la gobernanza de las instituciones multilaterales.

Una prueba para el multilateralismo

En sus planteamientos, los cuatro candidatos coinciden en la urgencia de revitalizar la ONU para reforzar su papel en un escenario internacional cada vez más volátil. Existe un consenso claro de que el sistema internacional atraviesa una presión sin precedentes que exige respuestas inmediatas y de alto nivel.

Rafael Grossi señaló: “Cuando observamos lo que está pasando en el mundo, evidentemente observamos que los signos de los tiempos son signos de conflicto, son signos en donde a la tensión geoestratégica o política que es natural a la vida de las naciones se suma un regreso furioso y cruel de la guerra en todas sus formas y en todas sus manifestaciones y en prácticamente todos los rincones del planeta".

Ante este panorama, los aspirantes coinciden en la necesidad de restaurar la confianza global en la ONU, aunque difieren en sus prioridades estratégicas, desde equilibrar recursos y mandatos mediante reformas estructurales, hasta fortalecer la posición del Sur Global o incorporar tecnologías que acerquen la organización a las nuevas generaciones.

En conjunto, la elección del próximo secretario general se perfila como una verdadera prueba para el multilateralismo. Su importancia se refleja no solo en el interés de los Estados miembros y de la opinión pública, sino también en la posición de las grandes potencias del Consejo de Seguridad, en particular sus cinco miembros permanentes con derecho de veto: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China.

Históricamente, estos actores han tenido la última palabra en la designación del cargo, una realidad que persiste pese a los esfuerzos por democratizar y transparentar el proceso. En consecuencia, la capacidad de alcanzar compromisos entre ellos será determinante.

Sin embargo, en un contexto de crecientes tensiones derivadas del conflicto en Ucrania, disputas comerciales y rivalidades geopolíticas, lograr un consenso supone un desafío mayor. Un eventual bloqueo no solo afectaría el funcionamiento de la ONU, sino que también pondría en entredicho la viabilidad misma del multilateralismo en un mundo cada vez más fragmentado.