El pasado 5 de agosto, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, declaró que “un acuerdo para reabrir el estrecho de Ormuz podría alcanzarse en uno o dos días”. Previamente, el presidente estadounidense, Donald Trump, también aseguró que el conflicto estaba llegando a su fin. Sin embargo, el estancamiento persiste.

Declaraciones encontradas

Pocos días después, el 8 de agosto, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán publicó una serie de condiciones dirigidas a Estados Unidos para reabrir el estrecho de Ormuz, entre las que exigió el cese total de la guerra promovida por Washington, la retirada de las tropas estadounidenses de la región y la reparación de los daños causados a Teherán.

En concreto, Irán pidió a Estados Unidos el compromiso de no amenazar al país en el futuro; el fin definitivo de la contienda contra Irán y sus fuerzas aliadas en la región, entre ellas Hezbolá, Hamás y los hutíes; el levantamiento del bloqueo marítimo a los puertos iraníes y la retirada del contingente militar estadounidense de la zona. Asimismo, Irán reclamó la reparación integral de los daños de guerra, la cancelación de las sanciones y la descongelación incondicional de los activos iraníes.

En un comunicado difundido por los medios estatales, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Mohammad Bagher, enfatizó que Teherán no reabrirá el estrecho de Ormuz hasta que Estados Unidos “cambie su conducta”.

La parte iraní también desmintió lo que dijo Donald Trump sobre una supuesta “negociación a medias”. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, declaró: “La negociación tiene su propia definición; en cualquier circunstancia, debe girar en torno a un tema concreto para alcanzar un resultado. En la actualidad, no estamos negociando con Estados Unidos. Si bien existe un intercambio de mensajes a través de intermediarios, esto no puede calificarse de negociación. Los intermediarios continúan esforzándose por sentar nuevamente las bases para un diálogo. Desde nuestra perspectiva, mientras no cesen las violaciones del memorando de entendimiento y Estados Unidos no resarza los incumplimientos cometidos, no habrá posibilidad alguna de reanudar las negociaciones”.

A juicio de los analistas, tras una escalada caracterizada por la cancelación del acuerdo de alto el fuego y la intensificación de los ataques contra objetivos iraníes a mediados de julio que no lograron doblegar a Teherán, la realidad del campo de batalla ha obligado a Estados Unidos a resignarse al estancamiento actual. Esto se refleja en el bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, las advertencias dirigidas a las embarcaciones que navegan sin autorización previa y, en particular, el diseño junto con Omán de un nuevo mecanismo de control para esta ruta estratégica.

¿Hasta cuándo durará el dilema?

El actual estancamiento plantea interrogantes sobre cuánto tiempo podrá la Administración estadounidense mantener su estrategia de "máxima presión".

En un informe reciente, el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS), con sede en Washington, señaló que la combinación del bloqueo, la máxima presión y los ataques aéreos limitados por parte de Estados Unidos, al tiempo que mantiene abiertos los canales indirectos de diálogo a través de Omán y Pakistán, constituye, en la práctica, una modalidad de regateo mediante la escalada. El objetivo es forzar a Irán a aceptar cláusulas más restrictivas en materia nuclear y misilística. Sin embargo, la línea entre la “disuasión mediante la negociación” y la “activación de una guerra total” es muy tenue.

Asimismo, para sostener esta estrategia, Estados Unidos deberá superar muchos desafíos relacionados con la asimetría de las operaciones militares y la ecuación costo-eficiencia. El gasto constante de Estados Unidos y sus aliados en costosos misiles interceptores (como los sistemas THAAD, SM-3 y Aegis) para neutralizar objetivos de bajo costo lanzados por Irán somete a un fuerte desgaste a los arsenales estadounidenses, lo que resulta desfavorable si el conflicto se prolonga.

Un informe del CSIS publicado el 9 de agosto, basado en documentos del Pentágono correspondientes al año fiscal 2027, revela que las hostilidades con Irán están provocando una grave escasez en las existencias de misiles antiaéreos Patriot (actualmente por debajo de las 1.000 unidades) y THAAD (menos de 250 unidades). Este déficit ha llevado al Gobierno estadounidense a solicitar una partida presupuestaria adicional de hasta 95.000 millones de dólares para la reposición de munición. Lo más preocupante es que la continua presión militar dista de garantizar un cambio de postura de Teherán.

El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, reconoció: “En algunos momentos parecía que avanzábamos, pero al final no era así. La cuestión es que, en primer lugar, los iraníes son sumamente duros. En segundo lugar, su sistema se encuentra dividido: internamente hay sectores deseosos de poner fin al conflicto, pero también hay quienes prefieren que continúe. Nuestra tarea consiste en tratar de manejar la situación para obtener el mejor resultado posible. Creo que el desenlace definitivo será bastante complejo y requerirá tiempo”.

Los analistas prevén un estancamiento prolongado o una “congelación parcial” del conflicto ante la falta de concesiones sobre el estrecho de Ormuz. Ni siquiera las elecciones de medio mandato, previstas para noviembre, parecen capaces de redefinir esta postura: el presidente Donald Trump ya admitió la posibilidad de tener que asumir un periodo de precios elevados del petróleo, pese a que evitar un encarecimiento de los carburantes y contener el coste de vida de los votantes ha sido tradicionalmente un factor determinante en la estrategia de Estados Unidos frente al conflicto con Irán.