Los líderes del G7 se reúnen del 15 al 17 de junio en la ciudad balnearia de Évian-les-Bains, en el este de Francia, para su cita anual bajo el lema “Abordar los desequilibrios globales”.
El factor Donald Trump
A pocas horas de la apertura de la cumbre, el 14 de junio, Estados Unidos e Irán anunciaron un acuerdo destinado a poner fin al conflicto en Oriente Medio y sentar las bases de una paz duradera en la región. Para los miembros del G7, entre ellos, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Canadá y Japón, la noticia representa un avance alentador, ya que la situación en Oriente Medio figuraba entre los asuntos más delicados previstos para los debates de Evian. Entre ellos destacan los esfuerzos por frenar la escalada militar en el Líbano y garantizar la reapertura del estrecho de Ormuz.
Según Sylvie Matelly, experta en relaciones internacionales y directora del Instituto Jacques Delors de Francia, el acuerdo, cuyos detalles aún no se han hecho públicos, ha reducido considerablemente la presión sobre las conversaciones. La mayoría de los socios de Washington en el G7 mantenían discrepancias con la Administración del presidente Donald Trump respecto a la gestión de la crisis en Oriente Medio.
Francia, Alemania, Reino Unido, Canadá, Italia y Japón expresaron su malestar por la decisión de Estados Unidos e Israel de atacar Irán el pasado 28 de febrero sin consultar previamente a sus aliados. Estos países también se negaron a implicarse directamente en el conflicto, pese a los reiterados llamamientos formulados por el propio presidente Trump. En este contexto, los avances hacia una solución diplomática contribuyen a rebajar la tensión entre Estados Unidos y el resto de los integrantes del G7.
Al mismo tiempo, el entendimiento alcanzado con Irán puede interpretarse como un importante éxito diplomático para Donald Trump. Este resultado podría favorecer un clima más constructivo durante la cumbre y reducir la incertidumbre que suele acompañar las posiciones del mandatario estadounidense. Según Sylvie Matelly, este elemento resulta especialmente relevante, ya que la experiencia de las últimas cumbres del G7 demuestra que la imprevisibilidad de Trump ha influido de forma decisiva en el desarrollo y los resultados de estos encuentros.
“La imprevisibilidad del presidente Trump es una realidad con la que nos hemos ido familiarizando y para la que debemos prepararnos. Familiarizarse con ella significa también aprender a gestionarla. Sabemos qué lenguaje emplear para evitar provocar su descontento. No obstante, nunca estamos a salvo de un acontecimiento externo que, en un momento determinado, pueda alterar el contexto, irritarlo y volverlo aún más imprevisible. ¿Cómo gestionar esa situación cuando se sienta a la mesa de negociaciones? Este será el verdadero desafío para los europeos, aunque Europa ha sabido manejarlo bien en los últimos meses”, manifestó Sylvie Matelly.
En esta senda, Cédric Dupont, profesor de Relaciones Internacionales del Instituto de Altos Estudios Internacionales y del Desarrollo de Ginebra, considera que el creciente distanciamiento de Donald Trump respecto a los marcos tradicionales de cooperación con los aliados de Estados Unidos, incluido el G7, obligará a los demás miembros del grupo a desplegar una intensa labor diplomática para preservar un nivel mínimo de consenso. El objetivo será mantener el compromiso de Washington con cuestiones prioritarias, especialmente Ucrania y las relaciones comerciales.
Reducir los desequilibrios globales
Además de la gestión de las relaciones con Estados Unidos, Francia- el país anfitrión de la reunión de líderes de este año-, ha definido varios ejes prioritarios para la cita, articulados en torno a dos grandes objetivos.
El primero consiste en reducir los desequilibrios macroeconómicos globales y reforzar la coordinación entre las principales economías para hacer frente al elevado endeudamiento, la inflación y la creciente fragmentación financiera. El segundo busca replantear el marco del desarrollo internacional mediante asociaciones más equilibradas y mutuamente beneficiosas, además de impulsar la reforma de los mecanismos de solidaridad global y del sistema financiero internacional.
La agenda abarca siete ámbitos principales: finanzas, desarrollo, diplomacia y gestión de crisis, comercio, tecnología digital, asuntos internos y medio ambiente y energía.
Cédric Dupont resumió así las principales preocupaciones del grupo al decir: “La agenda subyacente del G7 consiste en encontrar la manera de gestionar y gobernar el mundo sin China. Existe una preocupación constante por la seguridad en regiones como Oriente Medio, el Cuerno de África, así como por la situación en Rusia y Ucrania. También ocupan un lugar central la carrera tecnológica, la inteligencia artificial y el acceso a minerales estratégicos. Asimismo, aunque quizá con menor intensidad, persiste un notable interés por las cuestiones medioambientales, en particular por cómo acelerar la transición de una economía ‘marrón’ hacia una economía ‘verde’”.
En continuidad con los compromisos adoptados durante la cumbre celebrada el año pasado en Canadá, la inteligencia artificial (IA) ocupa un lugar destacado en la agenda de este año. Los dirigentes del G7 y representantes del sector tecnológico debatirán sobre la creación de marcos regulatorios internacionales armonizados para controlar los riesgos asociados a esta tecnología, el desarrollo de infraestructuras digitales y capacidades de IA fiables entre las economías aliadas, así como la promoción de un enfoque centrado en las personas que refuerce la seguridad nacional y la eficiencia económica.
Sin embargo, este asunto también podría poner de manifiesto nuevas diferencias entre Estados Unidos y sus socios. El pasado 12 de junio, pocos días antes de la cumbre, la Administración estadounidense ordenó suspender el acceso a los dos modelos de inteligencia artificial más avanzados lanzados recientemente por la empresa tecnológica Anthropic, Fable 5 y Mythos 5, para “ciudadanos extranjeros, independientemente de que residan en Estados Unidos o en otros países, incluidos los empleados de la propia compañía”, alegando razones de “seguridad nacional”.
La medida ha suscitado críticas entre varios aliados de Washington, especialmente en Europa, donde muchos la interpretan como una señal de fragmentación tecnológica que podría dificultar los esfuerzos de cooperación internacional en materia de inteligencia artificial.
