La Cumbre Internacional sobre el Espacio, que se celebra en París los días 9 y 10 de septiembre con la participación de jefes de Estado y representantes de numerosas organizaciones internacionales, ofrece una oportunidad crucial para definir un futuro regido por normas más claras, equitativas y universales.
Una nueva percepción del espacio cósmico
Durante casi siete décadas, la presencia de la humanidad en el cosmo estuvo definida por un frágil equilibrio, al ser este un ámbito reservado a investigaciones científicas estatales, regulado por tratados con un alto espíritu idealista y salpicado por rivalidades ideológicas, principalmente entre Estados Unidos y la antigua Unión Soviética. Hoy en día, la situación ha cambiado de manera radical. El foco se ha desplazado de las exploraciones de alto simbolismo de planetas lejanos hacia actividades con un impacto directo en la vida socioeconómica cotidiana de miles de millones de personas.
En este nuevo panorama, la Órbita Terrestre Baja (OTB) se ha convertido en la columna vertebral de la economía global y en una extensión natural del comercio mundial, donde conviven tanto Estados como poderosas corporaciones privadas. La manifestación más clara de esta transformación es la presencia cada vez más densa de constelaciones de satélites en la OTB.
Esta nueva realidad plantea una paradoja compleja: la velocidad de la innovación tecnológica supera con creces la capacidad de la comunidad internacional para gestionar dichas constelaciones de satélites.
Olivier Hainaut, astrónomo de la Organización Europea para la Investigación Astronómica en el Hemisferio Austral (ESO, por sus siglas en inglés), explicó: “Actualmente hay proyectos en marcha para poner en órbita cerca de dos millones de satélites. Dado que hoy en día solo existen 15.000 satélites, esa millonaria cantidad supone un aumento masivo. A medida que cada uno de estos satélites atraviesa el campo de visión de un telescopio, deja tras de sí una estela luminosa. Si bien una sola estela podría causar una molestia menor, una multitud de ellas ocultaría partes de las imágenes cósmicas que observamos”.
A nivel económico, legal y de seguridad, la saturación orbital aumenta el riesgo de colisiones a hipervelocidad. Un solo impacto puede generar miles de fragmentos fuera de control, desencadenando el temido “Síndrome de Kessler”, una reacción en cadena que destruiría infraestructuras clave y dejaría franjas espaciales inutilizables para muchas generaciones en el futuro.
A esto se suman las visiones de gobernanza contrapuestas de diferentes países. La creciente ambición geopolítica de cada potencia no solo amenaza con paralizar la cooperación internacional, sino que puede traducirse en confrontaciones directas que dañen el espacio exterior, considerado un bien común de la humanidad.
En busca de reglas comunes
El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, que sentó las bases jurídicas originales, resulta insuficiente para regular las megaconstelaciones y la extracción de recursos fuera de la Tierra en la actualidad. Por consiguiente, se requiere una actualización integral o incluso la redacción de un nuevo texto a nivel mundial. Sin embargo, las potencias están formando bloques diplomáticos contrapuestos en lugar de acuerdos globales: los Acuerdos Artemis, promovidos por Estados Unidos junto a decenas de países, se oponen al Proyecto de la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), liderado por China y Rusia.
Mientras tanto, normativas regionales como la Ley Espacial de la Unión Europea (UE) son percibidas por gigantes comerciales extranjeros, especialmente estadounidenses. Estas han sido consideradas como cargas proteccionistas que frenan la innovación. Por último, persisten recelos respecto al uso dual de las tecnologías espaciales, las cuales, además de prestar servicios civiles, pueden convertirse en armamento bélico y amenazar la seguridad nacional.
En este contexto, la Cumbre de París centra sus deliberaciones en cuatro ejes prioritarios, que incluyen la gobernanza y regulación espacial, la sostenibilidad y basura espacial, la seguridad y autonomía estratégica, y por último, el espacio como bien común.
Sobre la trascendencia estratégica de los recursos espaciales para el desarrollo global, el secretario general de la ONU, António Guterres, subrayó: “Los rápidos avances del sector espacial hacen que sus actividades tengan un impacto creciente en todos. Los recursos y tecnologías espaciales son cada vez más esenciales para proporcionar servicios y monitorear cambios en la Tierra, desde la energía y el clima hasta la biodiversidad. Cerca del 40 % de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 dependen de datos obtenidos desde el espacio.”
Para la comunidad internacional, la cuestión ya no es si el espacio se puede explotar, sino bajo qué reglas comunes se llevará a cabo dicha explotación. Si el mundo fracasa en equilibrar las exigencias de seguridad nacional con la sostenibilidad ambiental, el espacio exterior, factor potencial para conectar e impulsar a la civilización humana, podría quedar atrapado en un callejón sin salida dominado por los conflictos geopolíticos.
