El pasado 21 de agosto, tras varios días de negociaciones que se prolongaron hasta el último momento, Estados Unidos y Canadá no lograron cerrar un acuerdo. Posteriormente, Washington impuso un arancel del 50 % a productos canadienses por valor de unos 20.000 millones de dólares, una medida que entró en vigor un día después. Ottawa respondió de inmediato.

Responder dólar por dólar

Al anunciar la nueva tasa, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, afirmó que Washington había ofrecido a Canadá condiciones más favorables que a otros grandes exportadores. Sin embargo, las nuevas exigencias de Ottawa y el cambio de algunos compromisos previos alteraron el equilibrio alcanzado durante las conversaciones.

El primer ministro canadiense, Mark Carney, sostuvo que fue Estados Unidos quien modificó a última hora los términos de su propuesta, en condiciones que consideró injustas y económicamente ineficaces. A su juicio, ello puso en duda la fiabilidad de cualquier futuro acuerdo.

El 22 de agosto, la Administración de Donald Trump oficializó el arancel del 50 %, que afecta a productos por valor de unos 20.000 millones de dólares, equivalentes a cerca del 5 % de las exportaciones anuales de bienes de Canadá a Estados Unidos. Los artículos afectados abarcan desde bienes de consumo hasta materiales y productos destinados al sector sanitario.

Un día después, Ottawa anunció represalias con aranceles del 15 %, 25 % y 50 % sobre más de 700 productos estadounidenses, por un valor adicional de 20.000 millones de dólares. Las medidas entrarán en vigor el 8 de septiembre.

Carney reiteró que Canadá responderá “dólar por dólar” para proteger a trabajadores, agricultores, familias y empresas. Aunque reconoció que Ottawa no deseaba adoptar estas medidas, afirmó que solo volverá a negociar cuando Washington muestre una actitud adecuada.

El primer ministro Mark Carney añadió: “Cuando Estados Unidos acuda a la mesa de negociaciones con una actitud adecuada hacia nuestras industrias y con un verdadero espíritu de cooperación, por supuesto que participaremos en las conversaciones. Sin embargo, si acude a la mesa considerando a Canadá como una filial de Estados Unidos, o creyendo que la industria canadiense debe estar en desventaja frente a la estadounidense, o pretendiendo establecer unas condiciones que mantengan a la industria canadiense en dificultades de manera permanente... eso no es algo que podamos aceptar”.

La respuesta canadiense no frenó el deterioro de las relaciones. El 27 de agosto, Trump firmó una orden ejecutiva para renombrar el lago Ontario, en la frontera con Canadá, como el de lago de América. Dos días antes, Washington había decidido elevar del 25 % al 50 % el arancel aplicado a los automóviles canadienses a partir de 2027.

Greer advirtió a Ottawa de que no debía intensificar las represalias y señaló: “Si Canadá continúa adoptando medidas de represalia, por supuesto, no nos quedaremos de brazos cruzados. Nuestra posición es clara: no tomen represalias. Tenemos nuestra propia política comercial y la aplicaremos de la manera que mejor defienda los intereses de Estados Unidos”.

Perjuicios para ambas partes

La escalada entre dos grandes economías del G7 y aliados cercanos en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha suscitado dudas sobre un posible retorno de la guerra arancelaria mundial. La preocupación aumenta porque algunos acuerdos comerciales de Washington con sus principales socios son temporales, como el pacto con Beijing, o afrontan una amenaza constante de ruptura, como el acuerdo de Turnberry con la Unión Europea (UE).

Robert Koopman, ex economista jefe de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y profesor de la American University, considera que la Administración Trump sigue otorgando prioridad a los aranceles, pese a que las turbulencias provocadas el año pasado por los aranceles recíprocos pusieron de manifiesto sus efectos imprevisibles.

El experto puntualizó: “La incertidumbre generada por estos aranceles probablemente tenga un impacto mayor en el crecimiento económico a largo plazo que el propio aumento de los aranceles. Las políticas arancelarias y comerciales suelen tener efectos que los responsables políticos no pueden prever. Por eso, creo que, cuando impuso los aranceles el año pasado, Trump no se dio cuenta de que esta medida no necesariamente contribuiría a reducir el déficit comercial de Estados Unidos. De hecho, el déficit comercial estadounidense ha aumentado”.

A corto plazo, la disputa perjudica a ambos países. El comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó unos 880.000 millones de dólares el año pasado. Cerca del 72 % de las exportaciones canadienses de bienes se dirigen al mercado estadounidense y cada día cruzan la frontera mercancías por valor de unos 2.000 millones de dólares.

Ottawa afronta mayores riesgos por su dependencia del mercado vecino. Sin embargo, Carney cuenta con un amplio respaldo político, incluso de la oposición, además del apoyo de la población para mantener una posición firme frente a Washington.

Estados Unidos, por su parte, tampoco puede prescindir fácilmente de Canadá. La demanda de productos canadienses, especialmente de productos energéticos, es elevada. Según la Administración de Información Energética (EIA), el crudo procedente de Canadá representa el 20 % del consumo total estadounidense.

A ello se suma la profunda integración de algunas cadenas productivas, como la automovilística. De ahí que Estados Unidos también vaya a sufrir pérdidas considerables, pese a contar con una economía más de 13 veces mayor que la canadiense.

Por último, el deterioro de las relaciones complicará las negociaciones para modificar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), una de las prioridades comerciales de Trump.