Para muchas víctimas del agente naranja/dioxina, la vida parece haberse detenido en un universo infantil. Las discapacidades intelectuales, las miradas que apenas distinguen las formas y las palabras que nunca llegan a convertirse en frases completas son algunas de las secuelas persistentes de una guerra que, décadas después de haber terminado, sigue dejando profundas huellas. Frente a esa realidad, el Centro de Atención a las Víctimas del Agente Naranja y a Niños Desfavorecidos (sede 1), en la ciudad de Da Nang, se ha convertido en un lugar donde esas heridas encuentran, cada día, una oportunidad para sanar. Detrás de sus puertas, la paciencia de los docentes, la entrega de los cuidadores y el afecto que envuelve a cada alumno han transformado el centro en mucho más que una institución asistencial: es un hogar donde la adversidad cede, poco a poco, el paso a la esperanza.

Aunque sus palabras todavía son titubeantes y difíciles de articular, esas voces llenas de inocencia anuncian cada mañana el comienzo de una nueva jornada en el centro. Al recibir a los alumnos, los maestros observan con atención cada mirada y cada gesto. Para estos niños sensibles y vulnerables, cualquier pequeño cambio emocional puede alterar profundamente su estado de ánimo. La profesora Phan Thi Thanh dijo: “Cada mañana debemos comprender qué siente cada uno. Cuando tienen alguna preocupación o se sienten frustrados, suelen confiar en sus profesoras. Intentamos ponernos en su lugar para entenderlos. Si algo les molesta, lo guardan dentro durante todo el día y eso los desestabiliza. A veces basta un abrazo para que sientan que alguien los comprende y comparte sus sentimientos”.

El centro es uno de los tres establecimientos de Da Nang dedicados a la atención de las víctimas del agente naranja/dioxina. Actualmente acoge a 43 alumnos en condición de seminternado. La mayoría presenta discapacidad intelectual o síndrome de Down, mientras que otros padecen discapacidades físicas. Además de recibir rehabilitación funcional, aprenden a leer y escribir y adquieren habilidades profesionales confeccionando flores de tela, elaborando varillas de incienso o aprendiendo costura.

A pocos metros del taller de costura se encuentra el aula donde se fabrica incienso, impregnado del aroma de las hierbas medicinales. Quien enseña a distribuir cuidadosamente el polvo aromático sobre las varillas también es una víctima del agente naranja, Nguyen Ngoc Phuong.

“Quiero transmitirles la confianza que yo mismo aprendí a tener. Cuando terminan un producto y ven que alguien lo compra, se sienten muy felices. Por eso siempre les digo que crean en sí mismos: hoy quizá no salga perfecto, pero mañana lo harán mejor”, dijo.

Las delicadas flores artesanales y las varillas de incienso elaboradas por los propios alumnos discapacitados se venden para recaudar fondos destinados a las actividades del centro. Pero el mayor motivo de orgullo es ver cómo algunos de ellos logran integrarse nuevamente en la sociedad gracias a los conocimientos adquiridos.

La subdirectora del centro, Vo Thi Thu, señaló: “Muchos de ellos ni siquiera comprenden plenamente su propio comportamiento. Nuestro deseo es que mejoren su salud, aprendan a valerse por sí mismos y adquieran un oficio que les permita incorporarse a la comunidad. Es una tarea muy difícil porque la mayoría presenta discapacidades graves. Hace poco conseguimos que uno de nuestros alumnos comenzara a trabajar como costurero en una empresa. Ese ha sido uno de nuestros mayores logros”.

Rara vez todos los alumnos pueden asistir a clases el mismo día porque los dolores crónicos y la fragilidad del estado de salud obligan a muchos de ellos a ausentarse con frecuencia. Aun así, los docentes siguen de cerca cada pequeño progreso y celebran cada paso adelante. Su dedicación y afecto alivian, poco a poco, las heridas que dejó la guerra. Y las sonrisas sinceras de estos niños y jóvenes, pese a todas las adversidades, mantienen viva la esperanza de un futuro más digno.