En la madrugada del 16 de agosto, unos 600 vehículos aéreos no tripulados ucranianos lanzaron un ataque contra la región de Moscú. Se trata de la mayor incursión con drones contra la capital rusa desde el estallido de las hostilidades entre las dos partes en febrero de 2022. Esta acción se produce tras intensas oleadas de ataques masivos con misiles y drones de Rusia contra territorio ucraniano en días previos.

Creciente impacto sobre la población civil

Tras un prolongado período en el que el frente oriental ucraniano permaneció casi “congelado” sin grandes variaciones territoriales, el conflicto ruso-ucraniano ha vuelto a intensificarse este verano. Rusia ha incrementado sus ataques a gran escala con misiles balísticos y drones contra ciudades ucranianas, sobre todo contra Kiev. Por su parte, Ucrania ha ejecutado incursiones profundas en territorio ruso utilizando drones contra infraestructuras energéticas, como refinerías y depósitos de combustible, y centros logísticos.

Los intensos ataques a gran escala de ambas partes ponen de relieve una espiral de violencia en la que cada represalia supera a la anterior en magnitud y nivel de destrucción, desdibujando cada vez más las “líneas rojas”.

Según datos de la Misión de Observación de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ucrania, el pasado mes se registraron en ese país eslavo más de 430 civiles muertos y otros más de 2.600 heridos, mientras que en Rusia estas cifras fueron de 80 y 600, respectivamente, lo que convirtió a julio en el mes con mayor saldo de bajas entre civiles desde mediados de 2022. Asimismo, la destrucción de bienes e infraestructuras continúa extendiéndose en ambos lados.

Al respecto, el viceportavoz de las Naciones Unidas, Farhan Haq, declaró: “Esta última serie de ataques da continuidad a un patrón alarmante de escalada en los ataques contra áreas densamente pobladas. Según los informes, esta situación ha provocado un aumento récord en el número de víctimas civiles, así como una destrucción generalizada de viviendas e infraestructuras civiles en Ucrania, y de forma cada vez mayor en la Federación de Rusia”.

Lo más preocupante, según coinciden analistas militares, es que la escalada de los ataques y las represalias está haciendo que se ignore de manera creciente la premisa de que “no existe una solución militar” para el conflicto. El acelerado incremento de la producción armamentística en Rusia y la consideración por parte del Gobierno de Estados Unidos para autorizar a Kiev la fabricación de misiles antiaéreos Patriot evidencian que ambas partes se preparan para un conflicto prolongado.

Thomas Withington, investigador asociado del Real Instituto de Servicios Unidos del Reino Unido (RUSI), estimó: “Esta no es una solución inmediata a los problemas de armamento; en otras palabras, no resuelve de inmediato las amenazas que plantea la defensa aérea de Ucrania en el futuro cercano. Sin embargo, este movimiento demostrará a Rusia que Ucrania se está preparando para una guerra aérea prolongada y que está lista para defenderse. Esto es, por lo tanto, una importante señal política enviada a Rusia”.

Mayor enfrentamiento y más tensiones regionales

Paralelamente a la escalada militar y al estancamiento diplomático, los roces cada vez más complejos entre Rusia y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) mediante acciones en la denominada “zona gris”, justo al borde de un choque directo, también suscitan mayor inquietud. El 16 de agosto, el Ministerio de Defensa de Rumanía informó que un caza español derribó un dron que había violado su espacio aéreo cerca de la frontera con Ucrania y Moldavia. Este tipo de incidentes se registra con una frecuencia creciente, abarcando desde Polonia hasta varios países bálticos, los Balcanes e incluso Alemania y Francia. Aunque no se han ofrecido explicaciones concluyentes sobre estos hechos, las autoridades europeas advierten de forma insistente sobre el riesgo de una “guerra híbrida”, caracterizada por formas de conflicto no oficiales y no tradicionales que conllevan graves consecuencias.

Esta situación también refleja el fracaso de las gestiones diplomáticas emprendidas por Estados Unidos y Rusia tras la Cumbre bilateral celebrada en agosto del año pasado en Alaska. Si bien antes Moscú se quejaba del incumplimiento por parte de Washington del consenso alcanzado en ese encuentro, ahora adopta una postura más firme al exigirle aclarar su papel en el incremento de los ataques con drones de Ucrania en territorio ruso.

El pasado 14 de agosto, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, declaró: “Hemos enviado una serie de preguntas al Departamento de Estado de Estados Unidos solicitando respuestas sobre asuntos relacionados con datos de inteligencia y la profunda implicación estadounidense, incluso en la planificación y ejecución de ataques dirigidos a objetivos civiles situados en lo profundo del territorio ruso. Estamos esperando su respuesta”.

De la misma manera, la máxima dirigencia rusa emitió recientemente una advertencia directa a las naciones europeas. El presidente Vladímir Putin declaró el día 12 que Moscú responderá de manera simétrica si los países europeos continúan deteniendo buques mercantes rusos, una práctica que califica de infracción del derecho marítimo internacional, mientras que Europa sostiene que se trata de embarcaciones pertenecientes a la llamada “flota fantasma”, destinada a eludir las sanciones del bloque.

Esta es la primera vez que se formula una advertencia de esta índole, lo que indica que el nivel de confrontación ha alcanzado un umbral crítico y corre un riesgo creciente de que la situación escape al control en el marco del conflicto entre ambos países.