La comuna de Phu Yen se extiende alrededor del valle de Muong Tac, una de las principales despensas arroceras de la provincia norteña de Son La. Aquí, las mujeres Thai blancas se esfuerzan por preservar el ancestral arte del tejido de brocados, llevando su identidad cultural a la vida contemporánea.

En la casa de Dinh Thi Viet, una pequeña habitación atesora decenas de piezas tradicionales: mantas negras y rojas, telas con franjas verdes y amarillas, y pañuelos morados. Todas han sido tejidas por sus manos. Sentada frente a su viejo telar, introduce con paciencia cada hilo, dando forma a motivos característicos de su etnia. Para ella, tejer no es solo crear telas, sino también narrar historias propias de las aldeas de montaña. La anciana dijo: “Imagino los diseños y los plasmo en el telar. Investigo, combino colores con los hilos, esa es mi creatividad. Antes, los jóvenes éramos muy trabajadores: por la mañana íbamos al campo y por la noche tejíamos bajo la luz de lámparas de aceite, hasta que cantaba el gallo”.

Anteriormente, hubo un tiempo en que casi cada hogar contaba con un telar y la mayoría de las mujeres Thai blancas dominaban este arte. Aunque la tradición estuvo a punto de desaparecer, en los últimos cinco o seis años ha resurgido con fuerza. Hoy, tras una jornada en el campo o en el hogar, las noches vuelven a ser ese momento del día en que las mujeres se reúnen en torno al telar.

En el patio bajo la casa sobre pilotes de Hoang Thi Hien, el sonido de las piezas de madera golpeándose marca un ritmo constante, a la vez continuo y entrecortado. En esos silencios, la tejedora ejecuta con precisión múltiples movimientos para colocar cada hilo en su lugar y formar complejos dibujos. Según la artesana, tejer mantas es la técnica más exigente, pues requiere un telar especial y una gran destreza. Las mantas tradicionales de motivos negros o rojos incluyen, además, una base blanca tejida previamente. Hien explicó: “La superficie de la manta es lo más difícil. Hay que pasar los hilos arriba y abajo para crear los dibujos. Antes aprendíamos de los mayores: cultivábamos el algodón, lo hilábamos y luego tejíamos”.

Estas mantas forman parte esencial del ajuar que una mujer lleva al casarse, como muestra de respeto hacia la familia de su esposo. Le Thi Poi dijo: “Antes se decía que una mujer debía hacer diez mantas y diez colchones para poder casarse. También llevaba almohadas y asientos como regalo para los padres del esposo. Es una tradición que se mantiene hasta hoy”.

El asiento al que se refiere es una especie de cojín rectangular, de unos 15 a 20 centímetros de altura, y es otro objeto tradicional elaborado con telas tejidas. Lo Thi Khuong, quien se dedica a su confección, recordó que antes cosía completamente a mano y tardaba varios días en terminar una pieza. Hoy, gracias a la máquina de coser, puede producir hasta diez al día. Si bien antes se utilizaban materiales naturales recolectados en determinadas épocas del año, actualmente el proceso se ha simplificado con el uso de algodón industrial.

Aun así, estos objetos siguen presentes en los hogares Thai blancos y conservan su valor simbólico como obsequios que expresan gratitud y respeto hacia la familia del esposo. “Amé este oficio desde pequeña. Mi abuela me enseñó observando y practicando. Hoy ya no muchos lo hacen, pero a la gente le gusta mi trabajo. Verlos contentos me hace feliz”, compartió Khuong.

Gracias a mujeres como ellas, que permanecen fieles al telar y al arte de entrelazar hilos, una parte esencial de la identidad del pueblo Thai blanco continúa viva. Mientras el telar siga sonando, sus historias, emociones y tradiciones seguirán tejiéndose en cada pieza, acompañando el pulso de la vida contemporánea.