La cumbre de la OTAN de este año constituye la primera reunión de alto nivel entre los líderes de los países aliados desde el estallido del conflicto en Oriente Medio, en febrero de 2026, desencadenado por Estados Unidos e Israel contra Irán, un acontecimiento que marcó profundas fisuras entre Washington y sus principales aliados dentro de la coalición militar.

Apaciguar a Washington

El primer desafío que la OTAN deberá afrontar en Ankara será preservar su unidad interna.

En vísperas de la cumbre, altos cargos estadounidenses lanzaron sucesivas críticas contra esta alianza por la negativa de sus aliados a respaldar a Estados Unidos en el conflicto con Irán, por el lento incremento del gasto en defensa de los países miembros y por, según Washington, prestar una atención excesiva a las políticas de igualdad de género en detrimento de la capacidad de combate.

El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, calificó a la OTAN de “tigre de papel”, mientras que el presidente Donald Trump describió como “extraña” la relación entre Estados Unidos y la coalición militar, al sostener que Washington ha destinado enormes recursos a proteger a los países miembros sin obtener ningún beneficio a cambio.

En este contexto, los miembros del bloque deberán encontrar la manera de aliviar el descontento de Washington y ofrecer una explicación que la Casa Blanca pueda aceptar sobre la ausencia de una participación directa de los aliados en las operaciones militares estadounidenses e israelíes contra Irán. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha advertido en reiteradas ocasiones de que su país revisará seriamente la naturaleza de su relación con la alianza.

A estas críticas se suman diversas medidas de presión adoptadas por Washington, entre ellas la reducción del contingente militar desplegado en Alemania, el redespliegue de fuerzas hacia otros países, la disminución de sus compromisos de seguridad en Europa e, incluso, la amenaza de abandonar la OTAN.

Al respecto, Charles Kupchan, investigador principal del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Georgetown, afirmó: “Si Donald Trump retira a Estados Unidos de la OTAN, se producirá un terremoto geopolítico. Esta decisión desmantelaría una alianza que ha servido como uno de los pilares del mundo occidental desde su creación tras la Segunda Guerra Mundial. No se trata únicamente de una coalición militar; también es una alianza política, una institución que refleja intereses compartidos, valores comunes y compromisos mutuos”.

Para rebajar la tensión con Washington, diversos responsables de la OTAN han subrayado que los países miembros están incrementando el gasto en defensa y reforzando su autonomía para compartir la carga financiera con Estados Unidos.

En este sentido, el canciller alemán, Friedrich Merz, anunció que su país, la mayor economía de Europa dentro de la OTAN, destinará el 3,5 % de su PIB a defensa en 2029, cumpliendo así el objetivo aprobado por la alianza el año pasado, con la previsión de elevar posteriormente esa cifra hasta el 5 %.

Por su parte, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, aseguró que los aliados no solo están aumentando sus presupuestos de defensa, sino también impulsando una cooperación a gran escala entre sus industrias de defensa, al tiempo que reiteró el “papel decisivo” de Estados Unidos, tanto para el futuro de la coalición militar como para numerosas relaciones internacionales en el actual contexto de inestabilidad mundial.

Configurar la OTAN 3.0

Si logra superar las fracturas derivadas del conflicto en Oriente Medio y las discrepancias sobre el gasto en defensa, Estados Unidos y sus aliados, especialmente los países europeos, deberán afrontar un reto aún mayor: definir el futuro de la OTAN, conocido como OTAN 3.0 (tras la 1.0 de la Guerra Fría y la 2.0, vigente desde el final de la Guerra Fría hasta 2022), tanto en lo que respecta a la doctrina militar como a la organización de la alianza, el nivel de equipamiento y los estándares de armamento.

Según los analistas, la fortaleza de la OTAN ya no se mide únicamente por el número de efectivos o la cantidad de armamento, sino, sobre todo, por su capacidad para adaptarse a las nuevas formas de guerra. Ello implica incorporar la inteligencia artificial y sistemas autónomos, como los drones de bajo coste, a las operaciones militares, así como responder a amenazas de seguridad no convencionales, entre ellas los ciberataques a gran escala, la protección de infraestructuras críticas y el fortalecimiento de la resiliencia de las cadenas de suministro frente a sanciones o bloqueos económicos.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, reconoció esta necesidad y señaló: “El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha planteado con absoluta claridad la necesidad de una OTAN versión 3.0, así como de reestructurar la alianza para adaptarla a la era moderna. En este punto, todos estamos de acuerdo. Debemos afrontar la realidad con franqueza. La alianza atraviesa una transformación profunda, probablemente la mayor de su historia, para construir esta versión 3.0”.

La cuestión fundamental consiste ahora en definir las prioridades de este nuevo modelo.

Los expertos en asuntos político-militares consideran que la OTAN 3.0 se sustentará en varios pilares, aunque el más importante será redefinir quién asume la primera línea de la defensa. De esta manera, Europa deberá ganar autonomía, tomar sus propias decisiones y liderar la seguridad del continente, mientras que Estados Unidos pasará a desempeñar un papel de respaldo.

El canciller alemán, Friedrich Merz, comparte esta visión y afirmó: “La OTAN necesita tener un carácter mucho más europeo para poder mantener su naturaleza transatlántica. Creo que esa es una forma muy acertada de expresarlo. En los últimos años hemos hecho demasiado poco por nuestra propia seguridad. Ahora estamos trabajando para compensarlo”.

Junto con un mayor protagonismo de Europa, otra prioridad consistirá en reforzar la cooperación entre las industrias de defensa del continente, actualmente muy fragmentadas, una situación que dificulta la ejecución de grandes proyectos conjuntos y la integración de los distintos sistemas de armas.

No obstante, antes de centrarse plenamente en la construcción de la OTAN 3.0, la alianza deberá resolver su principal desafío: mantener la cohesión interna. Este reto no solo afecta a las relaciones entre Estados Unidos y el resto de los aliados, sino también al consenso sobre el apoyo a Ucrania y la gestión de la compleja relación con Turquía, país anfitrión de la cumbre.