El pasado 8 de julio, las Fuerzas Armadas estadounidenses lanzaron una nueva oleada de ataques aéreos contra Irán por orden directa de Donald Trump. La operación marcó la segunda noche consecutiva de bombardeos de gran envergadura contra la República Islámica, después de que Irán atacara tres buques mercantes en el estrecho de Ormuz.
¿Se reaviva el conflicto?
Los bombardeos de Estados Unidos comenzaron apenas unas horas después de que Trump anunciara el fin del alto el fuego entre Washington y Teherán, durante la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), celebrada los días 7 y 8 de julio en Ankara (Turquía).
El Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) aseguró que la operación destruyó más de 170 objetivos en territorio iraní y advirtió de que estaba preparado para llevar a cabo nuevas acciones militares si Washington lo ordenaba.
Según la Administración estadounidense, los bombardeos respondían a los ataques registrados en los días anteriores contra buques mercantes que atravesaban el estrecho de Ormuz, cuya autoría atribuye a Irán.
Teherán rechazó esta acusación, denunció que Washington había violado el acuerdo de alto el fuego y respondió con el lanzamiento de misiles balísticos y vehículos aéreos no tripulados (UAV) contra bases militares estadounidenses en la región, incluida la sede de la Quinta Flota, en Baréin.
Aunque desde la firma del Memorando de Entendimiento sobre el alto el fuego, el pasado 17 de junio, ambos países habían protagonizado incidentes militares aislados, la intensidad de los ataques actuales, unida al anuncio de Trump de poner fin a la tregua, podría desencadenar una nueva escalada de violencia y devolver a Estados Unidos e Irán a un escenario de conflicto abierto, el desenlace que la comunidad internacional trata de evitar.
En este contexto, el portavoz de las Naciones Unidas, Stéphane Dujarric, declaró el 9 de julio: “Los acontecimientos registrados durante las últimas veinticuatro horas amenazan con descarrilar los avances diplomáticos alcanzados entre Irán y Estados Unidos. La reanudación de un conflicto de gran envergadura tendría consecuencias devastadoras para la población de la región, para la paz y la seguridad internacionales y para la economía mundial”.
A juicio de numerosos analistas, el principal foco de tensión sigue siendo el control del estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del mundo para el transporte de petróleo y gas.
Mientras Irán pretende reforzar su control obligando a los buques mercantes a seguir rutas previamente establecidas y contempla, a largo plazo, imponer peajes, Estados Unidos sostiene que la libre navegación por el estrecho constituye un principio irrenunciable.
La firmeza de ambas posiciones ya genera turbulencias en los mercados internacionales de la energía y las finanzas, al tiempo que reduce las expectativas de contener la inflación.
Chris Brigati, director de inversiones de la firma estadounidense de servicios financieros SWBC, resumió así la situación: “Los expertos del sector energético estiman que se requerirán varios meses, incluso cerca de un año, para restablecer plenamente las cadenas de suministro, la operatividad de las refinerías y las redes de transporte, aun cuando el estrecho de Ormuz permanezca completamente abierto. En definitiva, no considero que el problema de la inflación pueda darse por superado. Todo apunta a que la inflación persistirá durante un período más prolongado”.
Una táctica de negociación
La gran incógnita consiste en determinar si la declaración de Trump sobre el fin del alto el fuego anuncia el regreso a un conflicto a gran escala o si forma parte de la estrategia negociadora habitual de Washington.
Muchos expertos consideran que la situación responde al conocido enfoque estadounidense de “máxima presión”. Según este análisis, Trump combina mensajes deliberadamente contradictorios: por un lado, endurece el tono contra los dirigentes iraníes, afirma que el acuerdo “ha terminado” y ordena una intensa campaña de bombardeos; por otro, durante la propia cumbre de la OTAN en Ankara, aseguró que los negociadores “podrían seguir hablando si así lo desean” e insistió en que las operaciones militares serían rápidas y no desembocarían en una guerra generalizada.
El propósito de Washington resulta evidente: obligar a Teherán a realizar concesiones de mayor calado y aceptar condiciones más estrictas sobre su programa nuclear dentro del plazo de sesenta días previsto en el Memorando de Entendimiento.
La mayoría de los analistas cuestiona la eficacia de esta estrategia. La principal discrepancia entre ambos países sigue girando en torno al control del estrecho de Ormuz, mientras que el propio Memorando de Entendimiento dejó importantes aspectos ambiguos sobre esta cuestión.
Andreas Krieg, profesor asociado de la Escuela de Estudios de Seguridad del King's College London, explicó: “Si se analizan tanto el contenido como la redacción de ese proyecto de texto, Irán aún dispone de margen para reivindicar su soberanía e incluso establecer tasas relacionadas con la libertad de navegación, una posibilidad que los países del Golfo y Estados Unidos consideran inaceptable. Por ello, Irán conserva un amplio margen de maniobra para decidir cómo, cuándo y en qué medida abrirá el estrecho de Ormuz, así como las condiciones bajo las cuales autorizará el tránsito marítimo”.
Ante la firmeza que mantienen ambas partes, el papel de los países mediadores, entre ellos Pakistán, Catar y Egipto, adquiere una importancia decisiva. Sin embargo, la diplomacia regional dispone de un margen limitado para salvar el acuerdo. Este peligroso pulso al borde de una guerra entraña un riesgo de ruptura elevado.
